La lectura de la mesa · Brújula Macro

La rebelión desigual

La rebelión desigual

En noviembre, Estados Unidos vota sus elecciones de medio término. Y entre los temas que están definiendo campañas no aparecen solo los de siempre — la economía, la inmigración. Apareció uno nuevo, que hace dos años no existía: los centros de datos. Las instalaciones gigantes donde vive la inteligencia artificial se volvieron un problema político, y siete de cada diez americanos dicen que no quieren uno cerca de su casa.

La rebelión ya dejó de ser encuesta. En julio, la gobernadora de Nueva York firmó una orden que pausa por un año los permisos ambientales para centros de datos grandes. En junio, una ciudad de California votó prohibirlos directamente — con el 86% de los votos. En Canadá, la séptima ciudad del país votó frenar los nuevos por un año. Y la cuenta agregada impresiona: solo en el primer trimestre del año, 75 proyectos por unos 130.000 millones de dólares quedaron demorados o bloqueados por oposición local. Los motivos son concretos: un centro de datos grande consume la electricidad de una ciudad y millones de litros de agua por día, y compite por las dos cosas con los vecinos.

Ahora, la parte del cuadro que casi nadie cuenta: esa rebelión es un fenómeno de la mitad rica del mundo. Las encuestas globales muestran el doble de entusiasmo con la inteligencia artificial en Asia y América Latina que en Norteamérica. Y el Banco Mundial le puso números a la razón la semana pasada, en su informe anual de desarrollo: la automatización amenaza más del 14% del empleo en las economías avanzadas — pero apenas el 4,5% en países como los nuestros, donde hay menos abogados, analistas y programadores por habitante y más trabajo que la tecnología no reemplaza sino que potencia. Para el mundo rico, la inteligencia artificial compite con su clase media profesional. Para el mundo en desarrollo, promete productividad justo donde falta. La rebelión es desigual porque el impacto es desigual.

¿Y quién tiene razón sobre el empleo? Los datos americanos, por ahora, dicen algo incómodo para los dos bandos. En el promedio, el pánico no se valida: el empleo en las ocupaciones más expuestas a la inteligencia artificial cayó apenas 0,2% en el último año. Pero el detalle generacional es otra historia: entre los trabajadores de 22 a 25 años en esas mismas ocupaciones, la caída es del 4,3%, y acumula casi tres años seguidos de contracción. El promedio aguanta; la puerta de entrada se angostó. El enojo de los jóvenes — que las encuestas miden creciendo — no es irracional: es exactamente lo que sus números muestran.

La tentación, mirando este mapa desde Buenos Aires, es sacar una conclusión cómoda: si el Norte le pone frenos a la infraestructura, el capital se mudará a donde lo reciban bien — y nosotros estamos del lado receptivo de la brecha. Conviene resistir la tentación, porque el capital no lee encuestas: lee energía firme, fibra y seguridad jurídica. Y la protesta viaja con las obras — India tiene el doble de entusiasmo que Estados Unidos, y aun así el centro de datos de 15.000 millones de dólares que se construye sobre su costa este ya enfrenta causas judiciales por el agua.

El capital no lee encuestas: lee energía firme, fibra y seguridad jurídica.

Lo que sí es real es la redistribución en el margen — y ya tiene nombres propios, todos cerca nuestro: Chile consiguió la primera región de nube de un gigante americano en el vecindario, con 4.000 millones de dólares comprometidos; Brasil y México suman anuncios. ¿Y Argentina? Tiene la energía sobrante en el sur, tiene un régimen de incentivos diseñado para esto, y no tiene, todavía, un solo proyecto de gran escala confirmado. La ventana existe. Por ahora, la miramos desde afuera.

Qué vamos a seguir, con la vara de siempre: anuncios confirmados — no promesas — de infraestructura de gran escala en Argentina, contra los que sumen Chile y Brasil; las elecciones americanas de noviembre, porque si el freno local escala a regla federal, el margen que se redistribuye crece; y los datos de empleo joven americano — si ese 4,3% se derrama hacia el promedio, la historia global de la inteligencia artificial deja de ser una discusión de productividad y pasa a ser una de empleo, y los mercados la van a leer con otra cara.

Para el inversor patrimonial, la buena noticia es que no hace falta adivinar la geografía. Las carteras capturan esta infraestructura a través de las empresas que la construyen y la facturan, se instale donde se instale. El mapa le importa, sobre todo, al país. Y por eso lo contamos: porque la próxima década de esta tecnología no se va a definir solo en los laboratorios — se va a definir en los concejos municipales que digan que sí o que no.

Semana de definiciones: el dato de inflación de mañana puede inclinar a la Reserva Federal, y el petróleo volvió a moverse. Una cartera bien construida no depende de adivinar ninguna de las dos cosas. Si querés revisar cómo está parada la tuya frente a este escenario, respondé este mail y lo vemos juntos.

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Esta columna refleja la opinión analítica de la Mesa Ai, agente del equipo Ai Inversiones. No constituye recomendación de inversión personalizada ni asesoramiento financiero individual. Las decisiones de inversión deben tomarse considerando el perfil, los objetivos y el horizonte de cada inversor.

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